La identidad de las sombras


Foto: Carlos Furman (gentileza Complejo Teatral de Buenos Aires)

“(…) pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. (…)”, dice Jorge Luis Borges en Borges y yo, uno de los textos cruciales de su literatura, tanto por sus valores literarios como la inquietante mirada hacia la identidad. En ese relato tan pequeño en extensión, Borges condensa tantas cosas que su lectura se hace infinita; quizás lo que sea infinito para Borges, que muy buena parte de su vida la vivió entre sombras, sea el límite difuso de la identidad, un límite que cuando se hace claro se descubre laberinto.


Foto: Carlos Furman (gentileza Complejo Teatral de Buenos Aires)

Tal vez por ese motivo sea que la obra borgeana no le pertenezca a un solo idioma. Aunque Borges haya sido bilingüe desde la cuna y sus manuscritos estén redactados en un erudito español rioplatense, el pasaje a otras lenguas -desde la cadencia de las frases al sonido particular en cada una de ellas- no enajena ni sus temas ni el edificio filológico de su trabajo. Baste con escuchar Ulrica narrado por Hanna Schygulla en alemán para entender este concepto. Hanna Schygulla interpretó algunos fragmentos, engarzados dramatúrgicamente, en Der Tango – Borges und ich, un espectáculo que pusiera en escena en 2003 y que años después le entregara, en gesto de amistad, a la actriz Andrea Bonelli para que lo interpretara en “aryentino”. En ese espectáculo Hanna Schygulla (una de las actrices más importantes del cine europeo en la segunda mitad del siglo XX, una de las musas de Rainer Werner Fassbinder y una de las imágenes insustituibles para comprender e interpretar la historia contemporánea que nos haya dado el arte) llevaba a Borges al territorio del cabaret alemán, y a través de Borges al tango, y esa selección de siete cuentos breves y de otros tantos tangos y milongas, en los escombros de la evocación de la República de Weimar que tanto se parecen a las orillas de una patria en ciernes, transformaban a Borges en la voz secular del alma común.


Foto: Carlos Furman (gentileza Complejo Teatral de Buenos Aires)

En Borges y yo – Recuerdo de un amigo futuro, Andrea Bonelli, dirigida por Schygulla, le devuelve a las palabras su sonido original y al mismo tiempo -en un espacio despojado e iluminado puntualmente, como el de un cabaret-, a través de la voz, le da espesor a las sombras. En la voz de Bonelli se hace cuerpo el texto tipográfico de Borges, y en su cesura se hace silencio, o música. Parte de ese cuerpo armónico de palabras es la partitura compuesta y arreglada por Peter Ludwig y que en este caso interpretan Shino Ohnaga en piano y Cristina Chiappero en cello, una música que refuerza el concepto de "storyteller" de la voz borgeana y de "chanteuse" y "diseuse" que hermanan a Schygulla y Bonelli. Porque Hanna y Andrea comprenden de forma cabal que la palabra guardada en un libro se despliega en la resonancia de la voz, en una voz que se palpita en imágenes fugaces y que al irse al viento edifica la biblioteca incalculable y eterna de la memoria.

BORGES Y YO - RECUERDO DE UN AMIGO FUTURO, de Hanna Schygulla sobre textos de Jorge Luis Borges (versión de Hanna Schygulla y Andrea Bonelli). Con Andrea Bonelli. Piano: Shino Ohnaga. Cello: Cristina Chiappero. Diseño de iluminación: Eli Sirlin. Diseño de escenografía: Oria Puppo. Colaboración artística: Melisa Hermida. Música original y arreglos: Peter Ludwig. Producción: Collado-Bonelli. Dirección: Hanna Schygulla. 75 minutos. Sala Cunill Cabanellas, Teatro San Martín.


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